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domingo, 25 de noviembre de 2012

Relato: ~Itzel: La Reina de Hielo~

Había una vez una niña que no podía crecer. Era la hija del Rey Rasmus, quien gobernaba el reino Minalus. Itzel, la pequeña, cuando cumpliera los diecisietes dejaría de crecer y se quedaría estancada en la perfección de la inmortalidad y belleza de la juventud. Según su madre, esto se debía a un trato que habían hecho con los Dioses cuando ella nació; su padre obtendría el reino de Minalus que por herencia le correspondía pero que los rebeldes habían arrebato de sus manos el mismo día del nacimiento de la pequeña, el precio a pagar era que tenían que obsequiarle a la pequeña recién nacida, como la Reina de Hielo, hija de Dioses.
Itzel, cuando el tiempo de los humanos al poder se agotara y los Dioses decidieran intervenir para recuperar lo que una vez obsequiaron, y que los habitantes no supieron apreciar al llenar aquellas tierras de la sangre que se derramaba en guerras por querer monopolizar los reinos, sería quien sucumbiría al mundo en un interminable invierno, una vez hecho esto la gente empezaría a morir por falta de comida, o de calor. Cuando aquel proceso hubiese finalizado, todo renacería con una nueva era… y ella sería su propia Reina.
Cada vez que pensaba en aquello, no podía evitar sentirse dolorida, cuando el tiempo del renacimiento llegara; tendría que condenar a todos a una muerte desagradable, incluido sus propios padres. Su madre, le decía constantemente que era posible que ellos ya no estuvieran ahí cuando eso sucediera… pero ella no podía dejar de pensar ¿y si aún seguían vivos y tenía que dejarlos morir?
Si su padre hubiera renunciado al poder, aquel tratado nunca se habría hecho, y el destino de Itzel hubiera sido tan incierto como el del resto.
La niña fue creciendo lo poco que se le había permitido, y cada vez más le faltaba menos para cumplir los diecisiete, y entonces, no vería cambiar más su cara… ni su cuerpo. Su mentalidad iría en ventaja, dejando su físico atrás. Todos la tratarían como una niña inexperta, aunque tuviera más de cien años. Esa era su condena.
Itzel se refugiaba en el lago más cercano en las raíces de un árbol, faltaban pocas horas para su décimo séptimo cumpleaños. En el castillo celebraban con anticipación, los pueblerinos no sabían toda la historia. Ellos creían que ella sería su salvación, que la hija del Rey los protegería mientras tuviera la gracia de la inmortalidad. Las mujeres la envidiaban; ella iba a ser siempre joven.
Pero, Itzel no quería nada de eso. No quería la condena que le había puesto su padre sobre los hombros, no quería ser quien acabara con los Reinos, no quería ser recordada como la Bruja de Hielo y una vez todo acabado, ser alabada por los nuevos habitantes.
Se sentía como una traidora. Su propia madre lo era, mintiéndole a todos sobre el futuro que los Dioses disponían para ella y el resto, su excusa era que si se enteraban: la matarían.
—Quizás sea la muerte lo que quiero… —susurró la muchacha, dándole vueltas a la daga de hierro forjado que tenía entre sus delicadas manos.
Si ella moría, los Dioses tendrían que buscar a una nueva persona que llevara su profecía. Es que, no importaba cuando ellos decidieran acabar con todo… Lo que importaba es que ella sería quien hiciera eso.
—Es por ellos —dijo alzando la cabeza, mirando fijamente la luz blanquecina que desprendía la luna llena—, también por mí.
No quería ver como sus seres queridos morían mientras ella permanecía igual, donde ya nada ni nadie la dañarían.
Las lágrimas se deslizaron por su mejilla, reparando en la decisión que había tomado; no seguiría con lo que su padre había empezado de ninguna forma… Porque…
—La eternidad es la condena de los inmortales… —alcanzó a decir antes de que con fuerza se apuñalara.
Que los Dioses se apiaden de mí y no me castiguen de una forma cruel —pensó sintiendo la sangre adornar el precioso vestido blanco que llevaba puesto.
Si ella ya no podía crecer como los demás, completar su ciclo de vida como era debido, no quería seguir viviendo como una muñeca de cristal, viendo morir a los suyos y condenando el futuro de quienes quizás… merecían otra oportunidad.

***


Espero que les guste este nuevo relato, estoy haciendo todo lo posible por actualizar más seguido.
Un beso,
Susan.


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